No es el Pentágono, ni tampoco el Area 51.

Para muchos -si no para la escena electrónica mundial en su integridad- hablar de Berghain, hablar de aquél armatoste de hormigón situado en mitad de la nada en el barrio berlinés de Friedrichshain, es hablar ya no solo del templo del techno a nivel mundial, sino de uno de los lugares más inhóspitos y con mayor secretismo de la Tierra.

Pongámonos en contexto: una discoteca en la que consigue entrar cada noche el 15% del público que se aglutina en su entrada, en la que no están permitidas las fotos -no, no lo están y se encargan bien de ello-, y en la que sus fiestas se alargan por más de 72 horas de modo legal y sin altercado alguno, no puede ser una discoteca normal en pleno siglo 21.

Para hablar de Berghain y de la leyenda que se ha forjado a través los años hay que remontarse a su origen, a lo que fue en un principio: Ostgut. La sala Ostgut abrió en 1998 entre ruinas de lo que fueron fábricas en un ya famosísimo descampado de Friedichshain, alejado de la mano de Dios y donde ningún buen progenitor hubiera querido que su retoño se acercara en el momento. Nació con una concepción muy diferente a las discotecas alemanas de la época -para cerrar en 2004 y convertirse en el actual Berghain-, creando un tipo de ocio del que solo podía ser merecedora una ciudad tan devastada y abierta a todo como es Berlín, un tipo de fiesta que no atiende a colores, a billetes ni a clases; por atender no atiende ni a razones lógicas. La discoteca se caracteriza así por su desenfreno, fiestas sin fin y la inexistencia de los límites dentro de sus muros.

El edificio es digno de escena postapocalíptica-nuclear debido a sus enormes dimensiones y a su fría y opaca imagen, una fachada llana que nada tiene que ver con la locura que se vive en su interior. Está compuesto por tres pisos -aunque muy recientemente han desvelado que abrirán nueva planta en marzo-: en la planta baja, a modo de main room suele sonar techno y minimal; el primer piso alberga el afamado Panorama Bar con un aire más fresco, menos agresivo y con sonidos más houseros y brillantes -uno de los lugares más recordados por los afortunados asistentes-; y por último un sótano, herencia de Ostgut, que se hace llamar Lab.Oratory, y en el que su público es predominantemente homosexual. Y si ya en sí toda la discoteca desprendía un aire de desenfreno importante, ésta última estancia no hace más que incrementar su fama: a lo ancho del sótano se encuentran paredes laberínticas con agujeros y demás obscenidades para hacer del placer uno de los dogmas en la fiesta -por no hablar de las jaulas de hierro que hay dispuestas por la estancia-. Creepy, desde luego. Aunque lo bueno del club y de su mentalidad es eso: si te gusta, pues te metes -en la habitación homosexual, hey-, y sino, pues con el genérico.

Y hablando de club, Berghain no es un club, es el club; el ejemplo contemporáneo que siguen salas y salas a lo largo del mundo para armonizar y conseguir lograr ese “ambiente de club” que tanto ansía la escena y el público, y que está a la altura de muy pocos. La oferta musical es exquisita ya no solo por los artistas invitados -que rozan lo mejorcito de la escena techno/house internacional-, sino por sus residentes y la leyenda que han conseguido forjar con el tiempo. Marcel Dettmann –confirmado para esta edición del Sónar-, cuida del sonido y estética de Berghain desde su apertura, y comentaba. “Lo que hace especial a Berghain son tantas cosas…la mezcla de la música, la atmósfera inigualable que se vive en su interior, la gente y el sistema de sonido que te envuelve durante horas. Las fotos además no están permitidas. Esa es la razón por la que ha tenido tanto éxito…”.

Con todo, Berghain no es simplemente una discoteca. Con los años se ha establecido como un verdadero centro cultural artístico y de peregrinación de las mentes más bohemias y curiosas. Hace de salón de exposiciones artísticas, conciertos de música clásica, e incluso de danzas; hasta el punto de que, recientemente, el Estado alemán ha declarado a Berghain como un “lugar de alto valor cultural” que se ve reflejado en las generosas subvenciones que otorga éste al circuito de discotecas berlinés -véase Trésor, Watergate o Suicide Circus-. Vamos, que donde en España se considera patrimonio cultural al Museo del Prado, en Alemania se está fomentando como un pilar cultural del país la cultura de club -que mueve mucho dinero, por cierto-.

Y si aún sigues preguntándote cómo no dejan hacer fotos en su interior solo te invitaré que busques por internet testimonios visuales. Poco encontrarás más que algún vídeo o foto aislada, pues a la entrada de la discoteca te obligan a ponerte una pegatina en la cámara del móvil que, si te pillan quitándola, conseguirás que te echen a patadas y te metan en una lista negra vitalicia para Berghain. Existe un tumblr recopilatorio de fotos de los asistentes con las pegatinas puestas contando su experiencia en Berghain, todo sean las risas echadas por haber entrado, que deben ser buenas.

Y ya para terminar, y si te has quedado con ganas de vivir quizás la experiencia electrónica más codiciada en este planeta, te recordaré por tu bien que la política de entrada es excesivamente severa y no atiende a criterios. Si le apetece al de la puerta pasas, y sino no. Olvídate de que entréis todo tu grupo de amigos porque algunos se quedarán fuera, si no lo hacéis todos. Ésta dificultad de entrada no ha hecho más que acrecentar el mito, el por qué de que los porteros nieguen la entrada sin explicaciones, sin criterios y sin atender a quién seas. Tal es así, que hace un par de años a la misma leyenda del chicago house Felix Da Housecat le fue negada la entrada con un simple nein, como ellos suelen hacer.

Yo te animo a intentarlo, aunque luego no lo consigamos, y sino siempre quedará el Berghain Trainer para probar desde casa y saber qué se siente.